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Blanco Nuclear

buitre.jpg La cadena de estrategia que une al poder político, el general y los soldados de arriba a abajo ha sido, históricamente, un factor clave para los imperios. Allí donde uno pueda imaginar un tablero y el triunfo consista en pequeñas victorias sucesivas, tener una idea y contar con los elementos para llevarla a cabo es el camino más corto para ello.
En el siglo III a. de C., la guerra de los mercenarios, que culminó con el sometimiento por Roma de los insubros, desveló a Cartago que debía expansionar sus dominios. Aníbal conquistó el norte de África y la Península Ibérica, y se aprestó, tras pactar con los galos, a atacar Italia con todo el peso de su poderoso ejército. Una vez atravesó los Apeninos (donde perdió un ojo), Roma fue consciente de la situación de emergencia, y nombró dictador a Q. Fabio Máximo, cuya estrategia de evitar los grandes enfrentamientos y dificultar el aprovisionamiento de las tropas cartaginesas dio pronto sus frutos. Pero los jóvenes y enardecidos senadores romanos no compartían esta idea dilatoria y no volvieron a elegir a Q. Fabio dictador al año siguiente. Aníbal empezó a masacrar a las tropas de Roma, que lo intentó todo (enterrar vivos a dos galos y dos griegos en el Foro Boario, sacrificar a dos vestales acusadas de estupro, …) antes de retomar la estrategia de Q. Fabio: evitar los grandes duelos y prolongar la guerra, lo que desmoralizaría a los hombres de Aníbal, mercenarios en su gran mayoría, quienes ante la falta de botines inmediatos empezarían a desertar.


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El viejo fundador

distefano.jpgLas narraciones y contranarraciones míticas en torno al origen de Roma tenían como fin colocarla por encima de sus vecinas y proporcionarle unas raíces divinas, de manera que ni en el curso ni en el discurso pudiera ser igualada por sus competidoras.
Las leyendas fundacionales más “fidedignas” cuentan cómo los gemelos Rómulo y Remo, tras los duros avatares del inicio de sus vidas, decidieron fundar su propia ciudad, y eligieron para ello la zona donde habían sido salvados por la famosa loba. Pero no se pusieron de acuerdo sobre el lugar exacto, así que acudieron al arbitraje de los dioses. Rómulo subió a la colina del Palatino y Remo al Aventino, y ambos esperaron una señal divina. Remo divisó una bandada de seis buitres, y acto seguido Rómulo otra, pero de doce. Rómulo consideró que la voluntad de los dioses era clara y trazó en la colina del Palatino el surco que delimitaba el recinto sagrado de la ciudad con un arado tirado por bueyes. Luego se proclamaría rey de Roma y su nombre y figura quedarían para siempre unidos a los orígenes de un imperio sin igual.

Pocas cosas laten en nuestros días con tanta fuerza gracias a los mitos y leyendas y a los grandes relatos como la realista ficción del fútbol, donde nada parece lo que es y todos simulan que lo saben. El fútbol es una patria rectangular en la que reina el presente, imparte justicia una pelota y las fronteras están dibujadas con cal. A sus ciudadanos todos les dicen que siempre tienen la razón, pero pocas veces se les hace caso y los gobernantes, elegidos por el dinero que arriesgan, seleccionan al ejército que defenderá un estandarte y unos colores en el campo de batalla.
Las más encarnizadas de las luchas siempre enfrentan ideas, formas de entender la sociedad, a fin de cuentas, maneras de vivir.

El ideario nacional de un equipo de fútbol se forja con el tiempo, se asume por todos y se defiende en un juego capaz de reunir los sentimientos de paz y los impulsos de guerra. Ese juego es cultura, porque cada uno defiende su manera de vivir, la opone a las de los demás y coloca en medio una pelota a ver qué pasa.

Don Alfredo di Stéfano cruzó el charco hace medio siglo (cuando el charco verdaderamente separaba mundos) para hacer realidad los sueños de Bernabéu: dibujar un torneo de clubes en toda Europa y colorearlo de blanco con un equipo campeón. Sólo le faltaba la identidad emocional, y Don Alfredo trazó en la colina de Chamartín el recinto sagrado del madridismo: la camiseta blanca como distintivo, el carácter ganador como seña, el orgullo y la entrega como ruta inevitable. Di Stéfano nacionalizó el sentido común y la inercia ganadora como rasgos que todos reconocían al Real Madrid que, desde entonces, cambió su historia y extendió su imperio en todo el subconsciente de la Europa competitiva.

El equipo más grande que conoce el fútbol tiene en este anciano sabio y pícaro, que reparte bastonazos a quienes se aproximan al Real Madrid por los placeres de la carne, la mirada y el espíritu que un día los hizo grandes para siempre. La patria blanca le debe todo, el mundo del fútbol le ha rendido el homenaje más merecido que se pueda imaginar.

Por un futuro mejor

africa.jpgSe ha escrito que en un partido de la Copa de África cabe, a la vez, todo el fútbol que uno pueda imaginar, y no puedo estar más de acuerdo. Muy posiblemente, en esos contrastes y en esa peculiar diversidad resida buena parte del encanto que desprende el torneo.

Futbolistas de primer nivel mundial (Drogba, Essien, Etoo, Kanoutè, …) compiten entre errores impensables y porteros de circo; decenas de millones de euros de valor futbolístico real corretean en campos sin las mínimas medidas de seguridad y con un césped tan largo que podría alimentar a varios rebaños de vacas; dictadores y reyezuelos presiden palcos bautizados por la santería y magia negra de los brujos africanos mientras, a sus pies, la más cruda realidad lucha por sobrevivir; representantes de clubes millonarios y marcas multinacionales atraviesan, enfundados en trajes de seda y con escolta, poblados de hambruna y miseria rumbo a los estadios. Cuando el mundo de la prosperidad se sitúa entre tanta barbaridad, a todos se nos revuelve la conciencia.

Conviene no engañarse: África ha celebrado su gran fiesta del juego y la alegría mientras en Europa se lamentaban las largas ausencias o el riesgo de lesiones. Nadie se ha preocupado del fútbol africano en realidad, de su derecho a disfrutar de la lucha por dominar el Continente Negro y a sentirse protagonistas una vez cada dos años, de la vía de escape y elemento de unidad que supone este juego en un mundo con tantos problemas. Tal vez porque a nadie le interese que, en medio de la cruenta guerra civil que sigue desangrando Costa de Marfil, sólo la petición de Drogba de una tregua de dos horas para que el pueblo pudiera vivir tranquilamente el partido logró un alto el fuego, y sólo la celebración del pase a la final de hace dos años unió a todas las etnias por unos días, antes de volver a perder el juicio y retomar los fusiles para matarse entre sí. Quién sabe: si todos los días tuvieran motivos así para unirse, tal vez descubrirían el estallido de la paz.


África también ha vivido, en el campo, una lucha de estilos: la final enfrentó al fútbol físico, anárquico, atlético, de pura fuerza y quilates sin pulir de talento de los países subsaharianos con el juego más pausado, más equilibrado de los norteafricanos, histórica (y futbolísticamente) más expuestos a los influjos europeos
. El triunfo de Egipto demuestra que las virtudes de la colocación, el orden y el trabajo táctico sin indispensables para competir en cualquier rincón del mundo.

Sigo convencido de que el futuro del fútbol puede ser negro (en el sentido racial de la palabra), pese a que la pretendida explosión del continente africano se venga profetizando desde hace tres décadas. Dijo una vez un ministro sudanés, respecto de los países del mundo desarrollado que “ellos tienen los relojes, pero nosotros tenemos el tiempo”. Si se dedican a aprovecharlo, en vez de intentar fabricar ellos también joyas, aprenderán todos que no siempre se puede satisfacer el gusto por la aventura y la libertad que da el caos. La prudencia y el orden les llevarán a dominar esa pequeña gran parte del mundo que es un balón. Tiempo al tiempo.

Genios sin Pelota

adriano.jpgEs curiosa la capacidad del fútbol para generar talentos de dudoso aprovechamiento. No resulta fácil encontrar otro juego en el que jugadores con las mejores condiciones innatas se despidan sin margen de gloria entre el aburrimiento y la vulgaridad. Una prueba más de la extraordinaria complejidad que encierra un mundo en apariencia tan sencillo.

Los hay que no se ubican en el campo, y entonces pierden el sentido del juego. Suelen ser víctimas del cambio climático futbolístico: la desaparición del atrevimiento y el deshielo de la mezquindad del resultado; una suerte de especies en extinción sin reserva natural disponible. Algo así le ha debido de ocurrir a Recoba, un jugador fenomenal, una pierna izquierda descomunal, un coronel de la pelota que no tiene quién le escriba. No tiene fuerza para jugar en banda, ni recorrido para hacerlo en el pivote, ni espacio para respirar en el área. Así que nos hemos acostumbrado a verle en un banquillo y ya a nadie le sorprende. Lo que no tiene es perdón de Dios.

También los hay que pierden el sentido del juego, y es entonces cuando no se ubican. Les define la inconsistencia, no entender que vestidos de calle siguen siendo futbolistas, la inconsciencia del que no sabe seguir siquiera un camino marcado. Son verdaderas gambas de carne y hueso: sus piernas, su cuerpo y su corazón valen su peso en oro, pero la cabeza la absorbe todo lo que rodea al fútbol. Adriano atravesó un drama personal y en vez de tomar al fútbol como obligatoria excusa para mirar hacia adelante, lo recibió como un motivo más de preocupación. La fuerza destructiva del alcohol como refugio de incautos y una personalidad de chicle hicieron el resto, así que quien esté interesado en seguir ahora sus andanzas debe aficionarse al Torneo Paulista.
Es un lujo impracticable, como el de la señora ricachona y obesa que se compra vestidos de alta costura y sólo los puede mostrar a los más allegados bien planchados en el armario.

En asuntos de recorrido, nada ocurre por casualidad, pero algo pasa en el fútbol cuando hay tantos genios en la penumbra y tantos mediocres acaparando todos los focos.

El fútbol simplificado y la erótica vegetal

pirlo.JPGNo corren buenos tiempos para las exposiciones de motivos. Alguien tuvo la ocurrencia de que el fútbol tenía tal éxito por su sencillez y todos los demás lo celebraron:

Estupendo, así no tenemos que dar explicaciones

Si añadimos que el análisis y el estudio no mueven tanto el ánimo de la gente porque al esfuerzo no lo valoran como meritorio, la desafección de la pelota era inevitable. En el tránsito hacia la modernidad, el fútbol se universalizó en espectáculo de masas y, para acortar el camino, se dejó atacar por la falacia de la practicidad, el resultadismo, el bacilo de la eficacia en palabras de Ángel Cappa. El triunfo del cuánto sobre el cómo, la meta como obsesión sobre el camino como diversión, nada nuevo bajo el Sol. Y en el medio, como elemento de inquietud, vuelve la pelota.

Una vez leí a un presunto intelectual en El País que de fútbol nadie entiende ni puede entender porque vive sujeto al elemento del azar. ¿Por qué? Porque la pelota es redonda. Más allá de las ideas peregrinas de algún sector de la intelectualidad al referirse con desprecio al juego de masas, lo cierto es que el balón es caprichoso, y requiere tantas complicaciones como preocupaciones exigen las cosas de bella factura. La pelota obedece a quien la cuida, y eso necesita precisión, y la precisión necesita tiempo: demasiada excentricidad para el fútbol simplificado de nuestros días.
El fútbol había sucumbido a la seducción del simplismo, así que pasamos de la falsa premisa de que en el centro del campo se ganaban y se perdían los partidos a colocar ahí un par de sujetos de idéntica vestimenta. Sólo importa lo que ocurra en las dos áreas, la del miedo y la del éxito, el fracaso o la gloria, olvidando todo el disfrute que hay en el camino que separa una de otra: por azar o por simplificar, hagamos que parezca un accidente.

En el discurso futbolístico de hoy se analiza la presión, se estudia la debilidad del rival, se perfeccionan las distancias entre líneas, se diseñan segundas jugadas, rechaces y estrategia. ¿Le interesa a alguien la pelota? Casi todos diseñan su juego partiendo de la premisa de que el balón lo tienen los otros, la mayoría se sienten más cómodos si no cargan con la posesión. ¿A qué estamos jugando? No debe de andar lejano el día en que los dos equipos se muevan en perfecto compás mirándose los unos a los otros sin percatarse de que no hay ninguna pelota en el campo.
Voy más allá: propongo eliminar las porterías y colocar dos muros de pared en las bandas para inventar otro juego, a ver si así nos entretenemos algo más.

La era digital permite a un aficionado cualquiera visitar distintos torneos y modos de entender este deporte con un solo movimiento de dedo; es simple: visitamos una decepción tras otra sin solución de continuidad. Por eso es reconfortante encontrar ideas cristalinas y sabrosas como un oasis en un mar de arena. El Milan de Carlo Ancelotti gravita en torno a un genio del pase y la dirección, un futbolista bello y eficaz, que necesita tener la pelota para disfrutar y hacer jugar a sus compañeros y relamerse al personal que observa. Andrea Pirlo representa la apuesta por la lógica y la pureza futbolística, preciso en la entrega corta, milimétrico en el desplazamiento en largo, precioso en el golpeo de balón. El equipo le ha construido una jaula de diamantes para protegerlo de las barbaridades que nos rodean, con dos albañiles por detrás y dos violinistas por delante. Uno imagina a Pirlo en el campo con un esmoquin y una batuta, agitando con vehemencia los brazos y la cabeza mientras hace sonar la orquesta milanista del triunfo.

Decía Jorge Valdano que jugar contra un equipo sin ningún interés atacante es como intentar hacer el amor con un árbol. Si Pirlo dirige la melodía de seducción, hasta una rama seca cobra atractivo y la unión entre especies se hace posible. La belleza siempre supo interpretar la danza del cortejo; la virtud erótica de la precisión hace temblar las raíces de las plantas ardientes de deseo.

Fantasía y realidad

foto-bbc-benedetti.jpgMario Benedetti es, antes que un distinguido aficionado al fútbol, un poeta y escritor fabuloso. Quizá el rasgo más significativo de su obra sea la facilidad con la que introduce fantasmas y fantasía en medio de la más cruda realidad. Parece ser que somos muchos los que disfrutamos de su pluma e incluso alguno que otro se inspira en él.

Un relato del autor uruguayo nos cuenta la historia de un hombre y una mujer extraordinariamente feos, tanto que se sienten atraídos por conocerse ante sus particulares rasgos. Esa atracción fatal recuerda a la del Real Madrid por Kaká, y quién sabe si viceversa. Se sabe tan extraordinario, con un historial tan lustroso y un futuro por construir que siente necesidad de que alguien tan extraordinario como Kaká se le acerque para construir su presente. El jugador, que predica pertenecer a Jesucristo y no a los placeres de la carne, parece prestarse al juego de seducción pero no accede al acercamiento. Mira, sonríe y se deja mirar.

Un poema del mismo autor se titula “Una mujer desnuda y en lo oscuro”, y explica todo lo que nos despierta el alma y el cuerpo femenino, sobre todo cuando más perdidos estamos los hombres. Una vocación para las manos, para los labios un destino, para el corazón un despilfarro. Un enigma que siempre es una fiesta descifrarlo. Un puñado de preciosas metáforas que también debe sentir el fútbol cuando busca y encuentra a alguien como Cesc para tener sentido. En plena oscuridad, pocas vocaciones y destinos mejores que el futbolista del Arsenal, y lo cierto es que en torno a la pelota y a la idea de equipo el Real Madrid no desprende luz …

Otro poema de Benedetti habla de dos amantes; como él sufre claustrofobia y ella padece de agorafobia hacen el amor en el umbral. En ese mismo umbral vive y conduce sus jugadas Robben, el que separa y une la velocidad y la precisión, la altura y el vértigo, la banda y la perdición en una línea de cal sobre la que el extremo holandés baila la danza de la muerte entre malditos.
Su rapidez y electricidad ayudaría al Madrid a cruzar el umbral que existe entre un equipo pesado y uno ágil, un equipo de recursos estrechos y otro de alas y pulmones anchos
.

Una atracción fatal por una mujer desnuda que alumbra y embellece el umbral hacia la excelencia: Ramón Calderón prometió en campaña la mejor de las imágenes, sedujo al madridismo con la vista y el corazón pero no confesó desconocer la diferencia entre el anhelo y los logros. Sólo hizo realidad la parte pragmática de su fantasía, encarnada en el gesto práctico y adusto de Capello, el mismo que le hizo encontrarse con una Liga en la que no creía, el mismo al que ha devuelto al imaginario blanco.
Calderón parece un fiel lector de la obra de Benedetti, y nos ha vuelto a ocultar una confesión: no sabe si vive en una fantasía y habla de realidades o por el contrario vive entre nosotros pero sólo sabe hablar de sus fantasías.