
…o como pasar del día de la marmota a un 4-3 al Barcelona.
Los que nos encontramos atrapados por este gusanillo de escribir y dar nuestra opinión deberíamos poner especial atención en que nuestros textos, pasado un corto espacio de tiempo, no nos causen vergüenza. Me refiero a quienes lo hacemos en calidad de diletantes. A los profesionales —a los que cobran por ello, cuanto más a los que viven de ello— les serían exigibles muchas más precauciones.
Documentarse previamente de la manera más completa posible… Tener una buena y bien asentada base sobre el tema a tratar… No dejarse engañar por el calentón del momento…
En el periodismo deportivo, y más en el periodismo futbolístico, se enlata cualquier escrito y se lanza para ser consumido. Tanto si viene envasado en edición de papel como si nos lo presentan etiquetado bajo las diferentes versiones online. Es como si cualquier idea fuera válida por el mero hecho de lucir bonitas palabras.
A los aficionados al fútbol nos gusta leer noticias bien redactadas, artículos de calidad, reportajes serios y entrevistas interesantes. Exigimos calidad, porque nos gusta que nos traten con respeto. No todo vale. El siguiente artículo aparecido hace pocos días es más un desahogo personal que una información objetiva o una opinión ecuánime: «Aguirre dio a Abel un informe negativo del Kun».
Las palabras —el continente— están bien hilvanadas, pero su contenido —la idea que se pretende trasladar a la mente del lector— es insidioso, artero, torticero.
Un aficionado puede expresarse así. La ausencia de responsabilidad que tienen sus expresiones —arropada por una escasa difusión— le permite decir lo que piensa donde quiera y como le venga en gana. El presidente de una entidad deportiva no debe dejarse ‘chorrear’ por la pasión. De un periodista —profesional de la palabra— yo al menos espero mucho más.
laaguja también escribe en El espectador
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