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Uno se pregunta por el origen del éxito del fútbol y no todos saben dar cumplida respuesta, convertido en el deporte-rey por antonomasia, con una innegable influencia social y hasta política, el rey de los juegos sin mesa. Algunos de los que dedican horas de su tiempo a practicarlo y debatirlo no lo tienen claro; otros sí creemos saberlo: la sencillez y el azar son las claves. ¿Qué significa eso? De un lado, que con sólo dos palos de madera o dos zapatillas se dibuje un campo y con una pelota de trapo se complete lo esencial del reglamento; de otro, participar de un juego en el que un equipo puede ser absolutamente superior al otro en todos los parámetros y no resultar vencedor.

A partir de la novedad argentina de que el colegiado marque con un aerosol el lugar en que debe ejecutarse una falta, y de los recurrente errores arbitrales, los “amigos de la tecnología” (genial definición de Valdano) han recuperado las pancartas que reivindican innovaciones técnicas en el fútbol, para tratar de terminar con los llamados “goles fantasma” o los penaltis mal señalados.
La inconveniencia de ese cambio sustancial es palmaria en un juego tan arraigado.

El árbitro es una figura a proteger (por cierto, ya que reivindicamos: profesionalización e independencia de la Federación, YA) como variable que incide en el resultado como la fortuna, el acierto o la lluvia, imprescindible para defender el fútbol de siempre, bello por imperfecto, con un grado esencial de inseguridad jurídica que adereza su contexto: cuando el juego depende de la decisión inmediata del juez, quien sólo puede basarse en lo que perciben sus sentidos con la máxima presión, todos penden por igual del riesgo del error humano.

Pero esa inconveniencia va más allá, y tiene que ver con el propio desarrollo del juego, ahora sí, convertido en espectáculo. Pongamos que un quinto árbitro se sitúa en una cabina delante de un televisor y conectado al micrófono del colegiado principal, corrigiendo sus decisiones tras comprobar la repetición de la acción a cámara lenta. ¿Esperaríamos todos de brazos cruzados a la pertinente comunicación entre árbitros tras cada jugada, cada falta, córner o saque de banda? Deportes de acción trepidante durante unos cuantos segundos, con minutos intercalados de pausa y explicación triunfan en Estados Unidos, pero a los europeos nos aburren soberanamente (el béisbol y el fútbol americano son dos claros ejemplos). El día en que un aficionado decida ir a ver jugar a su equipo con un libro bajo el brazo para los ratos de pausa habremos terminado con el fútbol.

Cuentan que el sabio Licurgo recibió de los lacedemonios el encargo de redactar una Constitución para Esparta. Al terminar su obra, dudó de su bondad. Entonces convocó a los ciudadanos al ágora y les comunicó su intención de ir a Delfos a consultar al oráculo, haciéndoles jurar antes de su partida que respetarían esa Constitución hasta su vuelta. Al saber por la pitonisa que su obra era excelente, Licurgo decidió no volver a Esparta, dejando a la ciudad prisionera del juramento que había hecho.
Hace ya bastante tiempo que los oráculos enmudecieron, pero vivimos encadenados a una pasión irrefrenable, un juego vulgar e incluso grosero que hemos jurado conservar tal y como nos lo enseñaron, so pena de convertirlo en plomizo y aburrido. Licurgo huyó con la tecnología, y dejó al fútbol prisionero del azar y de una sencillez que parece irritar a los amigos de lo complejo.

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