“Llueven perros y gatos” (“it´s raining cats and dogs”) es la expresión británica que describe una gran tormenta, como nuestra “llueve a cántaros”. Como con tantos rasgos populares, la Historia nos explica el sentido: en la Edad Media, las casas inglesas no tenían bajo tejado, y en los entresijos de las vigas de madera que lo soportaban se criaban y dormían algunos animales, como gatos, ratas, conejos e incluso perros. Cuando “llovía a cántaros”, las enormes goteras que se formaban obligaban a los animales a bajar huyendo del agua, y de ahí la expresión británica “llueven perros y gatos” para referirse a una tormenta.
Ramón Calderón llegó a la presidencia del Real Madrid hace dos años y medio tras unos comicios bochornosos (juraría que en Burundi hay mayores garantías electorales) en los que no se dilucidaba a quién se votaría más, sino quién intrigaba menos en la sombra. Una vez instalado, no cumplió las promesas que sirvieron de reclamo y mostró una incontinencia verbal propia de un dibujo animado. Consciente de su falta de legitimidad, primero, y de prestigio después, se entregó a los poderes fácticos del entorno y se parapetó tras sus innegables éxitos deportivos. Pero llevar el timón del Real Madrid es mucho más que ganar dos Ligas, acertar con los fichajes y terminar con el “vedettismo” del vestuario. Cuenta Plutarco la famosa frase de Julio César tras las fiestas anuales de Bona Dea: “A la mujer del César no le basta con ser honrada; tiene además que parecerlo”. Respetando la presunción de inocencia, tras cada rumor malintencionado, Calderón ha aparecido con el rimel corrido y sin ropa interior, y ahora que arrecia la tormenta mediática sobre él, le llueven perros, gatos y todo un zoológico de criaturas desde un falso techo de madera carcomida.
Si el Real Madrid no fuera una cosa tan seria, Ramón Calderón incluso produciría lástima. Algo petulante y bastante acomplejado, siempre ha tenido celos de Florentino Pérez por su ascendente y la imagen de grandeza que conseguía que le rodeara, como quien vigila inquieto al rico y atractivo ex novio de su pareja.
Intentó mantener el prestigio exclusivo de la entidad con un discurso más cercano y menos elitista, pero se ha creído tanto su papel que cualquier caricatura de sí mismo resultaría menos cómica que la triste realidad.
Con todo, sus verdaderos problemas parecen empezar ahora, cuando aquellos poderes fácticos parecen haber decidido derrocarle por no se sabe bien qué intereses (defender el madridismo no es uno de ellos, eso es seguro) y dejar de tapar las sucias maniobras que, sospechamos, ocurren en todos los clubes de fútbol.
Volviendo al Medievo, las ordalías o juicios de Dios eran institutos jurídicos que se utilizaban para que un acusado probase su inocencia por el designio divino. Por ejemplo, arrojándole atado de pies y manos al mar, con la premisa de que Dios le haría sobrevivir si era inocente. La más curiosa era la prueba del hierro candente, en la que el acusado debía sostener durante un tiempo un hierro al rojo vivo: si en sus manos había signos de quemaduras, entonces era culpable. Llama la atención la cantidad de cosas que se han hecho y se hacen invocando al Señor. Nosotros no seremos menos: en el nombre de Dios, presidente, suelte ya ese hierro, que nadie le va a librar de abrasarse las manos; en el nombre del madridismo, convoque elecciones de una vez porque la situación es insoportable.
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