Como el mayor espectáculo de masas de la era moderna, como la masa más espectacular de dinero en movimiento constante, incluso como vara de medir el peso relativo y la imagen pública de un país en la escena internacional. Como se quiera, el fútbol ha cobrado tanta vida propia que se hace necesario trazar una biografía.
Un juego tan sencillo como callejero, lo que deja claro un componente cultural que sólo niegan sabiondos de poca monta y mucho por aprender. Ese rasgo cultural se ve acentuado por la clase de mundo que incubó los primeros goles y borceguíes: mi gente contra la tuya, yo pongo el campo y tú la pelota, ganamos Nosotros con mayúsculas.
Aquello era la solución pacífica y divertida a las guerras civiles, sin sangre derramada ni listado de víctimas, sino sudor y lágrimas ante la muerte deportiva.
Ese juego deformaba el mundo que lo observaba hasta límites insospechados, por lo que el siguiente paso estaba claro: el talento se busca y se encuentra, no se cría; se compra y se vende, el dinero como factor diferencial, el juego mestizo, la adolescencia de un fenómeno que escribía la guerra de los mundos.
Todo ha crecido y madurado tanto que ya casi nadie reconoce al fútbol como juego. Se distinguen equipos globales y locales, los colores cotizan en Bolsa y no luchan clubes sino multinacionales que no pertenecen a la gente, sino a socios compromisarios cuyo grito tiene el peso del valor nominal de su participación social. La actualidad vivida con emoción a miles de kilómetros de distancia, seguida en presente de indicativo a golpe de ratón. Todos mayorcitos, extras y espectadores de una guerra de las galaxias.
Uno de los mejores libros de este 2008 que acaba de terminar ha sido, según la crítica, “Chesil Beach”, de Ian McEwan. El escritor describe la generación británica de principios de los sesenta a través de un curioso matrimonio, subrayando que la juventud, la inexperiencia y el carácter pueril en general eran obstáculos sociales, habían pasado de moda. Así nos sentimos muchos ingenuos, frutos inmaduros de un árbol rojo y blanco que bebe de sus raíces y languidece con su hoja perenne y amarillenta.
Más orgullosos de seguir siendo como somos que de lo que un día fuimos porque nosotros aún JUGAMOS al fútbol, y nadie nos puede llevar la contraria. Fieles e ilusos desde la cuna, no todo es ganar o perder en esta edad de la inocencia que nunca dejamos atrás.
Es Navidad y algunos de nuestros sueños pueden verse cumplidos: los pequeños mandan un poco más que los mayores. Por eso soñamos con que vuelva a nacer un juego que, a día de hoy, sólo vive en el recuerdo. Entre otras cosas, porque jugando a lo de siempre, somos los mejores. Por eso, desde una guardería en el corazón del mismo Bilbao, los niños del Athletic deseamos un feliz año nuevo a todo el mundo del fútbol.
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