En el libro del Génesis, Dios se aparece en sueños a Jacob mientras descansa en mitad de su viaje, y le ofrece guarda y protección, a la vez que afirma que esa tierra en la que está pasando la noche le corresponderá a él y su familia. Jacob se despierta asustado en un principio pero después cae en la cuenta de lo sucedido y hace un voto diciendo: “Si Dios está conmigo y me guarda en este viaje que realizo, si me da pan para comer y vestido para vestir, y yo vuelvo en paz a la casa de mi padre, Jehová será mi Dios”. La interpretación clásica de este pasaje bíblico es que nada debemos temer si Dios está con nosotros.

Tras una crisis continuada de juego y repentina de resultados, la selección argentina cambió de técnico, iniciándose entonces un debate en torno al candidato idóneo lleno de propuestas grotescas y enmiendas a la totalidad. La sensación es que el temor condujo el proceso por la senda de la personalidad y los nombres propios más que por la del estilo. Temor por adentrarse en un camino pedregoso, por la pérdida de grandeza de una nación desacomplejada si hay una pelota de por medio, por dejar pasar la ocasión de vencer con una generación brillante y talentosa. Entre unas cosas y otras, Maradona fue atrayendo el núcleo de la cuestión y, cuando nos quisimos dar cuenta, ya ofrecía ruedas de prensa con la púrpura del ungido.

Escribía Daniel Arcucci en “La Nación” que Argentina tenía tres mitos como referente emocional: Evita Perón, Carlos Gardel y Diego Armando Maradona. Los dos primeros están muertos, pero Diego vive milagrosamente, sentado en solitario en un mausoleo albiceleste donde un radiante sol amarillo ilumina el único icono en movimiento de la idolatría nacional.

Maradona representa bien lo que significa Argentina: cambiante y poliédrico, sublime y autodestructivo, desconfiado con el poder pero ingenuo ante otras tentaciones, pasional hasta el paroxismo, exagerado hasta la exageración. Glosar la figura y trascendencia del Diego llevaría varios tomos de un libro, pero se entiende con sencillez la razón de su ascendente. Por eso no extraña (o lo hace menos de lo que debería) su automática conversión en una especie de dios, sobre todo en un tiempo en que el descreimiento en lo que no se ve impide a los sueños revolvernos el corazón.

Cuando a Darío Fo se le concedió el Nobel de Literatura, ante las críticas del Vaticano tildándole de “juglar”, el irreverente dramaturgo declaró:

Todo esto me ha servido para darme cuenta de que Dios existe y es un juglar. Dios ama la burla

No es difícil localizar la realidad del Pelusa en esas palabras de inconsciente defensa.
Lo que no deja de ser una metáfora se ha convertido en realidad en un país descontrolado como Argentina, donde se ha registrado y funciona una iglesia maradoniana, con credo y liturgia en torno a Diego.
Cierto, no es más que un grupo de tarados sin ninguna ocurrencia mejor para hacer el ridículo en público pero simboliza bien la posición de la gente ante el mito común.

Así que en un momento de desorientación e insomnio, los argentinos han recordado el pasaje del Génesis y han decidido perder el miedo cogiéndose del brazo de Dios. La situación nos sitúa en un escenario interesante, pues Maradona ha aceptado el reto, ha descendido del trono y se dispone a camuflarse entre los mortales. Una enseña nacional elevada a la categoría de deidad y expuesta a la crítica irracional de un trabajo exigido y desagradecido, dependiente del talento y el esfuerzo de otros y de unos resultados que arrojan conclusiones definitivas que cambian de un día para otro. Un sacrificio incomprensible en quien vive estas menudencias desde las alturas, sobre todo porque al verdadero Dios se le ocurrió una vez colocar entre nosotros a su Hijo y todos sabemos cómo terminó la cosa …

Argentina adora a Maradona porque la hizo sentirse la más grande en un mundo que, de otra manera, no la tendría en tan alta consideración. Le ha perdonado sus excesos, sus exabruptos, su adicción a las drogas, haber disparado con perdigones a los periodistas, su carrera suicida hacia la autodestrucción, su complicado “look” de tonadillera travestida. Nada de eso se le tiene en cuenta a Maradona, pero no está tan claro que se le perdone la próxima derrota de la selección nacional.

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