El 15 de diciembre de 1664 se hundió un barco al norte de Gales. Todo el pasaje encontró la muerte salvo un hombre, llamado Hugh Williams. El 5 de diciembre de 1785, en otro naufragio cerca de la costa este del Reino Unido, murieron 60 personas, con un único superviviente, de nombre Hugh Williams. El 5 de agosto de 1860 se hunde un tercer barco en las costas escocesas; todos pierden la vida excepto una persona, que se salva milagrosamente y se llama … Hugh Williams.
El navío más grande y rutilante de la flota española reviste su cubierta con largos telares de color blanco y pasea con orgullo su brillante ademán. Una maravilla de la técnica, un producto del triunfo en buena lid, un circo mediático con pases para todos los públicos, payasos e incluso trapecistas, un espectáculo de masas con barra libre para opinar desde lejos sentando cátedra. Así que cuando el Real Madrid se hunde, el ruido es estruendoso y todos quieren vender la reconstrucción. Y como toda nave histórica que se precie, siempre vuelve a surcar los mares apoyándose en unos ideales dibujados sobre una misma carta de navegación.
Ocurre que en las últimas catástrofes el madridismo ha encontrado esa carta anudada a la camisa humedecida de su capitán. Con las olas golpeando en la orilla su cuerpo semidesnudo, Raúl se ha despertado más de una vez entre maderos podridos tras el desastre y ha recordado a todos las señas de identidad de crucero, recitando de memoria todo lo que aprendió desde pequeño.
Como si de una serendipia se tratara, una vez tras otra se encontraban los mismos restos del naufragio: Raúl como ejemplo de superación, como escuela de liderazgo, casi un referente de valores morales. Y todo ello entre la creciente desconfianza de su gente. Muchos dejaron de verle como un superviviente, para empezar a considerarle causa del problema, tras haber vivido tanta catástrofe. Un culpable, o al menos una especie de cenizo, en el mejor de los casos. Ya se sabe aquel proverbio chino: cuando un sabio apunta a una estrella …
Recientemente se publicó una entrevista con el capitán blanco que debió dejar en fuera de juego a más de un ariete mediático despistado. Sus frases serenas desmontaron una por una todas las teorías de la conspiración: ni propone ni veta fichajes, ni dispone del club como su solar, ni exige una ubicación en el campo, ni deseaba la derrota de España en la Eurocopa. Frente a la leyenda urbana, la más humilde realidad (“cada vez será más habitual verme en el banquillo”).
Oscar Wilde escribió en 1895 “La importancia de llamarse Ernesto”, acaso su comedia más brillante, que expone con sarcasmo y un punto de cinismo absurdo el peso de las costumbres y el deseo de llevar una doble vida para vivir dos veces. Ese doble juego se ve en el mismo título y final de la obra (Ernesto y “earnest” suenan igual fonéticamente en inglés).
Los tres naufragios del comienzo del post parecen demostrar, siguiendo el razonamiento de Wilde, que el nombre puede ser decisivo para triunfar en la vida, incluso para sobrevivir. Uno imagina a Raúl, en las vísperas del próximo naufragio, apretando los dientes ante tanto opinador moral, y repitiendo las palabras de Lady Bracknell a Ernesto antes de que éste exponga su peregrina conclusión: “Sobrino, pareces mostrar signos de trivialidad”. Pues volverá a hundirse el Real Madrid (el fútbol son ciclos, no lo olvidemos) y lo valoraremos de nuevo como una trivial casualidad: un único superviviente, el número siete a la espalda, tal vez se llame Hugh Williams …
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1 Comentario
Ole ahi…..
Gran post.