Vivimos rodeados de tontos y es tan desolador que lo tenemos completamente asumido. Hay tontos conservadores y progresistas, tontos ricos y tontos pobres, tontos con suerte y tontos sin ella, la más aseada y la más sucia de las tonterías. He diferenciado siempre entre tontos desorientados y tontos convencidos, que son aquellos que se atontan cuando se les evidencia su estupidez. Pero, con ser esto preocupante, los peores de todos son los tontos caprichosos, porque uno no sabe si nacieron con el capricho de ser tontos o todo deriva de un capricho posterior.
Decía Honorè de Balzac que entre los tontos el vacío se parece a la profundidad, y Juan Soler se cree profundamente preparado para dirigir una institución como el Valencia Club de Fútbol.

Del mismo modo que un padre cualquiera se esfuerza por complacer a su hijo y satisfacer sus deseos en la medida en que puede (y se merece), Soler tuvo la fortuna de recibir como regalo uno de los clubes más importantes de España. Como cuando a un niño le regalan su primer triciclo, vamos. Uno se lo imagina sin dificultad abrazando a su padre como agradecimiento emocionado y con una sonrisa inocente y bobalicona bajo el incipiente bigote. El problema de este triciclo es que la propiedad del mismo se refiere sólo al manillar, pues las ruedas y las cadenas las mueven la ilusión y la dedicación de muchos profesionales y de los miles de seguidores que velan armas bajo las alas del murciélago vigilante en el escudo. Ésa es la peculiaridad que algunos, cuando aproximan sus billetes al fútbol a la manera que lo harían en cualquier otra empresa, no logran comprender.

El Valencia es de todos y no es de nadie, por mucho que nos discutan los títulos de las acciones. Al menos, si pretendemos que el vehículo siga circulando y no se nos despeñe. Cuando el manillar lo dirige quien nunca ha debido esforzarse para conseguir algo en la vida, quien tiene tanto cariño a lo que significa el club como a una caja de cartón, quien no sueña con un Valencia nuevo sino con un nuevo estadio y las plusvalías de la recalificación, … no hay rumbo ni concierto: no conozco a nadie que confíe en razonar con un kamikaze.

A Soler se le ocurre contratar a un empresario de altos vuelos y contactos de todo tipo para que reflote la situación que él mismo ha creado, pero lo despide de malas maneras montando el rosario de la aurora cuando se empeña en cumplir su cometido. En lugar de descapitalizar el club vendiendo a los mejores jugadores, propone ampliar capital, y como eso supone que el presidente sea un poco menos dueño del Valencia, el esperpento estaba asegurado. Con una deuda inasumible, un estadio por construir y pagar y un equipo en declive, parecía la opción más coherente de momento. “Da lo mismo”, debió pensar Soler, aplicando el artículo segundo del famoso código cuyo primer artículo dice que el jefe siempre tiene razón. El segundo artículo dice, obviamente, que cuando no la tiene, se aplica el primero.

Con sus dueños siendo miembros destacados de la lista negra de personajes a alejar del mundo del fútbol y sus aficionados rojos de ira y vergüenza a partes iguales; con una actualidad propia de la prensa amarilla y unos capítulos de novela rosa, verdes las han segado, Valencia, las crisis que asolan el cielo naranja. Y mientras, todos sueñan con un mirlo blanco que rescate a uno de los más grandes clubes de nuestro fútbol, de una situación preocupante.

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