Hoy corren ríos de tinta sobre el España – Rusia. Sobre el sufrimiento de la primera parte y el rompimiento de gloria barroco de la segunda. De la lesión de Villa al éxtasis de Güiza, del miedo a Arshavin a la fiesta final… Por eso hoy contaré otra historia del partido, la de cómo lo vivieron tres personajes cualquiera, la historia que hoy podrían contar miles y miles de personas que disfrutaron de una noche de jueves mágica.
Eran las 8 de la tarde y Abril, enfundada en su camiseta de España, terminaba de escribirse con cera el nombre de Villa en el brazo izquierdo. También quería escribirse el de Sergio Ramos y Torres en el brazo derecho, pero escribir con la zurda es dificilísimo y más cuando tienes 8 años, así que Gonzalo la tuvo que ayudar. Mientras tanto, Viviana terminaba de arreglarse para el concierto de Juanes, cuya entrada llevaba tres meses guardada como oro en paño a la espera de ser rasgada en la puerta del Palacio de los Deportes de Madrid.
En los tres cuartos de hora de trayecto en coche hasta la calle Goya, era patente que la gente tenía más prisa incluso de lo habitual. En el CD sonaba el último disco de Juanes a la espera de que le llegase el turno al Carrusel de la Ser, cosa que sucedió a la altura de Gregorio Marañón. Una vez en Goya, Vivi se bajó del coche lamentando no poder ver el partido, pero feliz por irse de concierto. Gonzalo y Abril se quedaron con ganas de ver el concierto, pero felices por irse a ver el partido. Otros tres cuartos de hora duró la búsqueda de aparcamiento mientras Lama, Paco González y compañía les hacían sudar más que los 35º C de la tarde-noche madrileña. Y justo en el momento de cuadrar milimétricamente el coche en un bendito hueco, Xavi adelantaba a España. Les llegó el griterío de los bares, los pitos de los coches, la algarabía de la gente que, extrañada, preguntaba qué había pasado. “Gol de Xavi”, decía Gonzalo, mientras Abril tocaba en el claxon el “que viva España”. Más gritos, más saltos, más alegría.
Sonrientes como colegiales entraron en uno de esos bares de toda la vida, donde se reunirían el Makinavaja y sus amigos de no haber vivido en el barrio chino de Barcelona. La dueña, su hijo, un cliente y ellos dos cenando una hamburguesa. Todos vestidos de rojo, todos saltando en cada ocasión, todos sonrientes mientras Cesc, Iniesta, Senna y compañía triangulaban a las mil maravillas en un viejo Telefunken de los 80.
Llegaban noticias desde el interior del Palacio de los Deportes. Estaban viendo el partido en las pantallas gigantes del escenario y Juanes había dicho que no comenzaría el concierto hasta acabar la contienda. Vivi estaba exultante mientras de fondo se oye a 10.000 personas coreando “Iiiiiker, Iiiiiker…”. Se lo están pasando en grande. Son españoles, peruanos, colombianos, panameños, ecuatorianos, argentinos… En los bares, razas, nacionalidades, altos y bajos, rubios y morenos, todos se sienten parte de un mismo equipo. Lo que las administraciones se empeñan en separar, el fútbol se encarga de unirlo. La alegría que la vida te quita, el fútbol te la da.
Acabó el partido y Abril y Gonzalo salieron a la calle exultantes como colegiales. Tomaron camino a la Plaza de Colón mientras la calle volvía a poblarse de gente, banderas, camisetas rojas y coches haciendo sonar sus bocinas. Hasta los bomberos se unieron a la fiesta y sus sirenas enmudecían a los modestos utilitarios. El ambiente crecía bajando la calle Goya y llegó un momento en el que la policía tenía el tráfico cortado. Una marea roja y amarilla cantaba, se abrazaba y soplaba sus cornetas en un ambientazo donde las únicas banderas no rojigualdas eran las asturianas. A Gonzalo le entró un poco la nostalgia por la tierrina mientras Abril hacía ondear una banderita que se encontró en un banco, saludando el paso de un perro que llevaba otra a modo de capa. Una fiesta.
De vuelta al Palacio de los Deportes, Radio Caracol de Colombia les entrevistaba a pie de calle sobre la alegría que estaba viviendo Madrid y toda España con su selección de fútbol. Se seguía oyendo de fondo el jolgorio de la fiesta en la calle y del concierto dentro del pabellón, que parecía no terminar. Finalmente, como el metabolismo humano no suele perdonar, Abril y Gonzalo consiguieron permiso de uno de los guardias de la puerta para entrar al baño. Había mucha gente, pero nadie les miraba, así que del baño no salieron a la calle, sino que entraron al pabellón y se encontraron con el concierto en plena apoteosis. Abril abría la boca de admiración. Luces, música, miles de personas, un escenario enorme. Era su primer concierto y se había colado…
Gonzalo, por su parte, vio emocionado lo que le parecía una perfecta metáfora de España y su idilio con 23 chicos que la están haciendo vivir un amor de verano de esos que jamás se olvidan. Todos sentimos ese cosquilleo en el estómago, esas ganas de reír, de saltar, de gritar a los cuatro vientos que eres feliz… Y allí, Juanes, enfundado en la camiseta roja de la selección, cantaba a coro con todo el público lo que el lunes estaremos cantando todos para nuestros adentros junto a los jugadores de nuestra maravillosa selección, después de tres semanas de ilusión, alegría y amor por el fútbol: “¿Por qué se acabó? ¿Por qué terminó, si supuestamente esto era para siempre?…”
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