La Eurocopa de nadie
Europa es el centro de la atención del mundo porque el fútbol atrae miradas e intereses como un imán a los polvos ferrosos. No se ruborizará Europa, acostumbrada como está a que todos vivan pendientes de su fútbol, el más lustroso, desarrollado y competitivo del planeta, más aún en los tiempos que corren, de identidades que se atomizan y sociedades que se globalizan; pero sí sentirá una fuerza especial, una pasión diferente pues el fútbol de clubes se ha disuelto y cada uno ha acudido a abrazar su propia bandera.
Cuanto más se trata de integrar al Viejo Continente, cuanto más se empeña la clase dirigente en dar forma al artificio de los Estados Unidos de Europa (lo que el ciudadano de a pie observa con escepticismo y un punto de indiferencia), más crece la sensación de que las naciones más antiguas del mundo, aun compartiendo los valores esenciales, difieren tanto en todo lo demás que no se pueden tratar como hermanas; si acaso, primas lejanas.
La Europa del balón y el colorido se extiende por Austria y Suiza, buscando entre los bellos paisajes y los vestigios imperiales el nuevo depositario de su vieja gloria, el galán más elegante y convincente del baile de máscaras sonrientes que es esta Eurocopa, la joya de la corona bienal, la dama arrebatadora a la que todos quieren rendir con encantos variopintos, nuestra Ítaca clásica (probable patria del Odiseo de Homero) y moderna (objeto de deseo de europeos durante siglos, actual enclave turístico sacudido por terremotos periódicos y devastadores).
En la primera fila de candidatos asoman los hombres que supieron rendir al mundo hace dos años. Infunden respeto entre sus iguales y un pavoroso temor entre los demás. Desde su culto social a la más moderna estética y la vanguardia, entienden el fútbol como un juego de mezquino azar en el que no hay más belleza que la victoria y los designios del ganador son insondables por superfluos.
Junto a ellos, el candidato más heterogéneo que integra razas, culturas y religiones en torno a un elemento común: la pelota. El poder colonial negro y la inmigrante picardía árabe se funden con el orgullo de la nación más soberbia de Europa. Han perdido a su líder, el caballero más elegante y con la cabeza más rápida y despejada que se recuerda pero la enseñanza de su figura les quedó para siempre.
Se dijo una vez que el fútbol era un juego con unas reglas conocidas y otra no escrita: que siempre ganaban los mismos. Son ellos, altos, nobles y fuertes, de rubia cabellera y ojos claros pero inyectados en sangre. Descendientes de los bárbaros pero también de los músicos más sensibles de la Historia. Cuando llegan al final lo hacen por aplastamiento y con las cabezas de sus rivales como trofeo entre las manos.
Completa la nómina de favoritos el país del fado y la casta ibérica. Hablan el mismo idioma que los brasileños y eso, en un campo de césped, es decir mucho. La figura mediática de moda es su arma más poderosa aunque no está claro hasta qué punto les beneficia o no. Con los mejores talentos para idear discursos y requiebros geniales del lenguaje, les falta una viva voz que los lea en público.
Como en toda danza ritual, los antifaces ocultan muchas veces brillantes miradas y bellas sonrisas que sólo descubren algunos afortunados al final de la noche, con la fruta prohibida del amanecer. Así, unos mercenarios de los Balcanes que esconden un talento competitivo y un gran corazón; o el país del gran secreto, que consigue más guerreros distinguidos y apuestos corceles del terreno más pequeño, aunque con ácida frecuencia olvida que algunos desayunos cítricos no son fruta de verano … ; o los pacíficos y ricos anfitriones, neutros de toda la vida hasta que les ponen una pelota en el horizonte, cremosos al tacto y precisos en la distancia como un queso y un reloj.
Dejamos para el final al eterno candidato sin motivo histórico, el eterno perdedor sin nada que perder, la eterna promesa que nada promete. Le adornan su envergadura y su tez morena, sus ojos verdes y su estilo propio, pero tiene la mirada vacía porque se exige más de lo que nunca ha conseguido. Siempre arranca con ilusión, pero termina derrotado convencido de haber luchado y perdido contra nadie, olvidando que Polifemo fue engañado por Ulises, quien le dijo que su nombre era Nadie. Cuando al cíclope le atacan clavándole un palo en su único ojo, pide ayuda gritando “¡Nadie me está matando!” y los demás cíclopes creen que no pasa nada.Siempre se lucha con los demás, y no sólo contra uno mismo. ¡Vamos España!
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