Las hipótesis personales son un lugar común en las tertulias de paso, por muy lógica y extendida que esté una explicación definitiva. De algún modo, todos nos sentimos con derecho a dudar de la versión oficial. Siendo esto así, es sencillo deducir qué sucede ante un dilema para el que no logramos unificar una solución. Dicho de otra forma, si todavía hay quienes creen que Elvis vive, imaginen las teorías peregrinas sobre los sucesivos fracasos de España en las grandes citas internacionales. ¿Se acuerdan de la célebre frase del conde de Romanones? “Ustedes hagan la ley, que yo haré el reglamento”. Pues eso: la selección que adolezca de sus defectos estructurales, que yo contaré lo que me dé la gana para vender más o por pura pereza intelectual.
La eterna cuestión acerca de por qué la selección española cosecha una desilusión tras otra cada dos años se agudiza a la vista de nuestro lustroso palmarés en las categorías inferiores (desde los sub’21 hacia abajo, España es la mayor potencia del mundo) y el nivel privilegiado de nuestra Liga en el panorama internacional. Se ha dicho que la peculiar configuración política del país termina reflejándose en el rendimiento del equipo nacional, pero no parece un factor que pueda en buena lógica justificar tantas décadas de frustraciones prodigiosas y, además, buena parte de los mejores jugadores de nuestra historia han sido vascos y catalanes. Se ha mencionado también la falta de competitividad del futbolista español más allá del abrigo de su entorno, pero el rendimiento de Torres, Xabi Alonso, Arteta o, en su día, Ferrer y Guardiola, desmonta el argumento. No han faltado los exégetas de la disculpa, que han mencionado la mala suerte o el arbitraje conspirativo como barreras infranqueables, lo que a todas luces se rebate por sí solo.
Últimamente, y dado que el aficionado tiende a sentirse cada vez más refinado, se nos ha ocurrido que, a diferencia de las grandes naciones, no tenemos un estilo que nos defina. Pues bien, no sé en qué agujero se esconderán estos distinguidos opinadores si nos marchamos apresuradamente para casa, porque a Luis se le ha ocurrido dotarnos de uno incuestionable: muchos jugadores de toque en la media para circular la pelota, búsqueda de la victoria desde el dominio y la posesión, disposición de partida 1-4-1-4-1, diagonales de interiores y toda la banda para el lateral…
Tomando como punto de partida el anhelado bautismo de España como miembro de la comunidad de equipos con estilo propio, el equipo plantea algunas dudas.
Siendo como es el fútbol de hoy en día un juego de transiciones, nos lo jugamos todo a la baza de una sola dirección de juego; nuestra apuesta será tener la pelota y atacar en estático pero todos nuestros delanteros brillan con espacios y jugando a la contra; cuando perdamos una pelota, habrá por lo menos media decena de jugadores por delante del balón y no tenemos falta táctica; en un torneo tan corto y de urgencias imprevistas no contamos con un plan B ni con reservas que planteen un escenario diferente al rival.
En fin, sintiendo que empezamos a unirnos al coro de teorías más o menos peregrinas, parece que nadie se atreve a decir lo que los datos históricos y las sensaciones sugieren: que, hasta el día de hoy, España no tiene nivel como selección para competir con los mejores y ganar un gran torneo. Quien nunca (repetimos, nunca) ha llegado a unas semifinales en un Mundial no puede rasgarse las vestiduras ni sentir como un fracaso caer en octavos de final ante la selección finalista; un equipo que nunca (de nuevo, nunca) ha conseguido eliminar a una selección histórica en un partido decisivo de una fase final no puede exigirse hacerlo, sólo luchar y soñar con ello.
La ilusión es sana y recomendable siempre que sirva para generar interés y apoyo en torno al equipo y no se convierta en humo de colorido estrafalario. Creernos los mejores no nos dará un gramo de ventaja pero quien lo necesite para levantar la voz, allá él. Otros pensamos que la mejor forma de crecer es ser consciente del nivel de uno, para saber en qué aspectos debe incidir y dónde se coloca la delgada línea que separa el elogio merecido de la crítica discutible. ¿Admitir como punto de partida que España no puede exigirse estar en el primer nivel porque no lo tiene? Desde luego, no es nuestro estilo.
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