El gran éxito del fútbol radica en que todos lo disfrutamos convencidos de su sencillez cuando en realidad es verdaderamente complejo. Para seguir dormitando en nuestra pequeña sabiduría, construimos esquemas simplistas con los que creemos explicar el devenir del más aleatorio de los juegos. Uno de tantos es analizar el crecimiento y la caída de un equipo así: el fútbol se mueve por ciclos, lo que es casi tanto como no decir nada.
Pretender que existe una inercia inasequible que encumbra y después desnutre a los equipos por el solo paso del tiempo es una forma como otra cualquiera de mirar hacia otro lado. Cuando lo razona un aficionado, sucede que no se le ocurre nada mejor que decir; si quien teoriza así es un dirigente, lo que intenta es que a nadie se le ocurra un motivo para pedirle explicaciones.
Reflexiones de este tipo se han llevado por delante a Frank Rijkaard, primer cadáver identificado entre los escombros de un castillo de naipes. El gran Barça ha muerto después de una penosa enfermedad interna: la pérdida de valores, la autocomplacencia, el olvido del esfuerzo como referente diario … y nocturno.
En “Cartas del diablo a su sobrino”, C. S. Lewis reúne una colección de misivas de un viejo diablo a un sobrino, tentador principiante, para adoctrinarle, en un ingenioso índice del panorama de la vida moral y religiosa del hombre de nuestro tiempo. En una de las cartas, le dice al joven aprendiz acerca de su paciente: Supongo que el matrimonio de mediana edad que visitó su oficina es precisamente el tipo de gente que nos conviene que conozca: rica, de buen tono, supercifialmente intelectual y brillantemente escéptica respecto a todo. Deduzco que incluso son vagamente pacifistas, no por motivos morales sino a consecuencia del arraigado hábito de minimizar cualquier cosa que preocupe a la gran masa de sus semejantes, y de una gota de comunismo puramente literario y de moda. Esto es excelente.
La molicie y la pereza holgazana tientan a todos, pero con más fuerza que a nadie se acercan a los virtuosos. Quienes se dejan seducir a causa de su ligereza dejan una hilera de migas de pan a un diablo que ya sabemos que sabe más por viejo que por diablo.
Ostenta Frank un importante grado de culpa: el que le corresponde por no haber sabido acallar los cantos de sirena con voz firme y responsable; ni siquiera ha acertado a comerse las miguitas de pan para despistar al demonio. Pero ha sido el primero en purgar sus penas cuando realmente merecería ser el último. Ya hemos dejado claro lo que nos indignan los chivos expiatorios: el foco de la culpabilidad alumbra a unos pocos, dirigido con esfuerzo a la vez por muchos brazos interesados. Esa luz siempre oculta en la sombra a decenas de falsos inocentes.
Rijkaard construyó un equipo ganador y bello, ético y estético, de un romántico pragmatismo que convenció a todos. Supo integrar en los principios del credo del Barcelona las exigencias del fútbol moderno: presión arriba, búsqueda del robo, intensidad, trabajo físico, contras letales. Hizo crecer a talentos desorientados y llevó al paroxismo el vértigo ofensivo desde la disciplina defensiva. Conviene recordar sus méritos profesionales (sobre todo, para los descreídos del verso, sus dos Ligas y la segunda Copa de Europa en la historia del Barça) ahora que todos le despiden pañuelo en mano aplaudiendo sus virtudes personales.
La valía de una persona se demuestra mejor en las duras que en las maduras, y ha sido precisamente ahora cuando más ha brillado Frank, un solitario cuerdo entre la locura colectiva, el único que se mantuvo en su sitio mientras el temporal revolcaba a los demás.
Ha supuesto un ejemplo para todos: adecuadamente lejano a todos los medios y al célebre “entorno”, ni una palabra más alta que la otra, unido con su vestuario hasta el final, comprensivo con sus jugadores hasta la ingenuidad (que diría Cappa), sabiendo ganar, con su serena alegría, y también perder, con esa última muestra de elegancia caballerosa en el pasillo más retratado del mundo.
Hacen salir a Rijkaard, se marcha un grande. En pie el fútbol español. Siempre he creído que la dimensión de un hombre no se mide por la compañía en una vida exitosa, sino por el número de personas que acompañan entre lágrimas a su féretro.
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