La cadena de estrategia que une al poder político, el general y los soldados de arriba a abajo ha sido, históricamente, un factor clave para los imperios. Allí donde uno pueda imaginar un tablero y el triunfo consista en pequeñas victorias sucesivas, tener una idea y contar con los elementos para llevarla a cabo es el camino más corto para ello.
En el siglo III a. de C., la guerra de los mercenarios, que culminó con el sometimiento por Roma de los insubros, desveló a Cartago que debía expansionar sus dominios. Aníbal conquistó el norte de África y la Península Ibérica, y se aprestó, tras pactar con los galos, a atacar Italia con todo el peso de su poderoso ejército. Una vez atravesó los Apeninos (donde perdió un ojo), Roma fue consciente de la situación de emergencia, y nombró dictador a Q. Fabio Máximo, cuya estrategia de evitar los grandes enfrentamientos y dificultar el aprovisionamiento de las tropas cartaginesas dio pronto sus frutos. Pero los jóvenes y enardecidos senadores romanos no compartían esta idea dilatoria y no volvieron a elegir a Q. Fabio dictador al año siguiente. Aníbal empezó a masacrar a las tropas de Roma, que lo intentó todo (enterrar vivos a dos galos y dos griegos en el Foro Boario, sacrificar a dos vestales acusadas de estupro, …) antes de retomar la estrategia de Q. Fabio: evitar los grandes duelos y prolongar la guerra, lo que desmoralizaría a los hombres de Aníbal, mercenarios en su gran mayoría, quienes ante la falta de botines inmediatos empezarían a desertar.
Aun a riesgo de resultar repetitivo, se percibe de nuevo la sencilla analogía del Real Madrid con el imperio romano. Tras el ocaso de los dioses, confió la suerte de sus incursiones deportivas a dos entrenadores que, a grandes rasgos, tenían mucho en común: entendían el juego de ataque a partir del robo y armado instintivo de la transición, entendían la comodidad en el campo teniendo la pelota el equipo contrario. Luxemburgo y Fabio Capello no imaginan la burla y distracción que precede cualquier acción de ataque haciendo circular el balón hasta el momento preciso, sino replegándose y pareciendo un equipo del montón. La idea, como cualquier otra, es válida, pero la falta de coherencia la ha desvirtuado.
Primero, porque se intentaba jugar así con cinco futbolistas sin ojos en el cogote y que sólo sabían pedir la pelota al pie; y después, porque se sustituyó al segundo general en jefe por otro, con la misión de cambiar de idea, pero armándole con soldados que dominan mejor la transición que la posesión, la aparición que la estancia, la sorpresa salvaje que la paciente seducción.
En verdad, este cambio de idea parece impuesto desde fuera: esa nebulosa de intereses e imposturas que nos impiden ver al Real Madrid como un club normal y corriente. De ahí cuelgan quienes medran con la información (el Madrid es tan grande que a cualquier detalle se le llama noticia), quienes presumen de lo que no son (el Madrid ha ganado tanto que se le pegan aficionados de quita y pon, poco proclives a sufrir) y quienes disfrutan careciendo de pasión (el Madrid da tanto juego que algunos imaginaban ya un pasillo deshonroso del eterno rival en enero).
Si rascamos todo eso con la uña, nos encontraremos el corazón de un equipo como cualquier otro, personas convencidas de unos valores y una historia, que exigen mucho porque siempre han dado más y tienen la suerte de estar acostumbrados a la victoria y a no poder recordar todos los títulos que han celebrado. Me hace gracia la confusión de todo esto con prepotencia: la potencia se supone de antemano siempre que uno es grande en competición.
Imaginemos un equipo que no acepta ser segundo, en el que los árboles del ruido mediático no dejan ver el bosque del respeto a un historial; que sólo ha vivido una alegría poco valorada en cuatro años y se siente un poco más lejos de las élites que hasta hace poco dominó; un equipo que, en la derrota, siente sus rasgos desvalidos porque a nadie parece interesarle que existan: los laureles del siglo, el compromiso con el esfuerzo, la brillantez indiscutible, las mocitas madrileñas, la máxima exigencia, el blanco impoluto. Pongamos que hablo del Madrid.
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