El viejo fundador



distefano.jpgLas narraciones y contranarraciones míticas en torno al origen de Roma tenían como fin colocarla por encima de sus vecinas y proporcionarle unas raíces divinas, de manera que ni en el curso ni en el discurso pudiera ser igualada por sus competidoras.
Las leyendas fundacionales más “fidedignas” cuentan cómo los gemelos Rómulo y Remo, tras los duros avatares del inicio de sus vidas, decidieron fundar su propia ciudad, y eligieron para ello la zona donde habían sido salvados por la famosa loba. Pero no se pusieron de acuerdo sobre el lugar exacto, así que acudieron al arbitraje de los dioses. Rómulo subió a la colina del Palatino y Remo al Aventino, y ambos esperaron una señal divina. Remo divisó una bandada de seis buitres, y acto seguido Rómulo otra, pero de doce. Rómulo consideró que la voluntad de los dioses era clara y trazó en la colina del Palatino el surco que delimitaba el recinto sagrado de la ciudad con un arado tirado por bueyes. Luego se proclamaría rey de Roma y su nombre y figura quedarían para siempre unidos a los orígenes de un imperio sin igual.

Pocas cosas laten en nuestros días con tanta fuerza gracias a los mitos y leyendas y a los grandes relatos como la realista ficción del fútbol, donde nada parece lo que es y todos simulan que lo saben. El fútbol es una patria rectangular en la que reina el presente, imparte justicia una pelota y las fronteras están dibujadas con cal. A sus ciudadanos todos les dicen que siempre tienen la razón, pero pocas veces se les hace caso y los gobernantes, elegidos por el dinero que arriesgan, seleccionan al ejército que defenderá un estandarte y unos colores en el campo de batalla.
Las más encarnizadas de las luchas siempre enfrentan ideas, formas de entender la sociedad, a fin de cuentas, maneras de vivir.

El ideario nacional de un equipo de fútbol se forja con el tiempo, se asume por todos y se defiende en un juego capaz de reunir los sentimientos de paz y los impulsos de guerra. Ese juego es cultura, porque cada uno defiende su manera de vivir, la opone a las de los demás y coloca en medio una pelota a ver qué pasa.

Don Alfredo di Stéfano cruzó el charco hace medio siglo (cuando el charco verdaderamente separaba mundos) para hacer realidad los sueños de Bernabéu: dibujar un torneo de clubes en toda Europa y colorearlo de blanco con un equipo campeón. Sólo le faltaba la identidad emocional, y Don Alfredo trazó en la colina de Chamartín el recinto sagrado del madridismo: la camiseta blanca como distintivo, el carácter ganador como seña, el orgullo y la entrega como ruta inevitable. Di Stéfano nacionalizó el sentido común y la inercia ganadora como rasgos que todos reconocían al Real Madrid que, desde entonces, cambió su historia y extendió su imperio en todo el subconsciente de la Europa competitiva.

El equipo más grande que conoce el fútbol tiene en este anciano sabio y pícaro, que reparte bastonazos a quienes se aproximan al Real Madrid por los placeres de la carne, la mirada y el espíritu que un día los hizo grandes para siempre. La patria blanca le debe todo, el mundo del fútbol le ha rendido el homenaje más merecido que se pueda imaginar.

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