Por un futuro mejor



africa.jpgSe ha escrito que en un partido de la Copa de África cabe, a la vez, todo el fútbol que uno pueda imaginar, y no puedo estar más de acuerdo. Muy posiblemente, en esos contrastes y en esa peculiar diversidad resida buena parte del encanto que desprende el torneo.

Futbolistas de primer nivel mundial (Drogba, Essien, Etoo, Kanoutè, …) compiten entre errores impensables y porteros de circo; decenas de millones de euros de valor futbolístico real corretean en campos sin las mínimas medidas de seguridad y con un césped tan largo que podría alimentar a varios rebaños de vacas; dictadores y reyezuelos presiden palcos bautizados por la santería y magia negra de los brujos africanos mientras, a sus pies, la más cruda realidad lucha por sobrevivir; representantes de clubes millonarios y marcas multinacionales atraviesan, enfundados en trajes de seda y con escolta, poblados de hambruna y miseria rumbo a los estadios. Cuando el mundo de la prosperidad se sitúa entre tanta barbaridad, a todos se nos revuelve la conciencia.

Conviene no engañarse: África ha celebrado su gran fiesta del juego y la alegría mientras en Europa se lamentaban las largas ausencias o el riesgo de lesiones. Nadie se ha preocupado del fútbol africano en realidad, de su derecho a disfrutar de la lucha por dominar el Continente Negro y a sentirse protagonistas una vez cada dos años, de la vía de escape y elemento de unidad que supone este juego en un mundo con tantos problemas. Tal vez porque a nadie le interese que, en medio de la cruenta guerra civil que sigue desangrando Costa de Marfil, sólo la petición de Drogba de una tregua de dos horas para que el pueblo pudiera vivir tranquilamente el partido logró un alto el fuego, y sólo la celebración del pase a la final de hace dos años unió a todas las etnias por unos días, antes de volver a perder el juicio y retomar los fusiles para matarse entre sí. Quién sabe: si todos los días tuvieran motivos así para unirse, tal vez descubrirían el estallido de la paz.


África también ha vivido, en el campo, una lucha de estilos: la final enfrentó al fútbol físico, anárquico, atlético, de pura fuerza y quilates sin pulir de talento de los países subsaharianos con el juego más pausado, más equilibrado de los norteafricanos, histórica (y futbolísticamente) más expuestos a los influjos europeos
. El triunfo de Egipto demuestra que las virtudes de la colocación, el orden y el trabajo táctico sin indispensables para competir en cualquier rincón del mundo.

Sigo convencido de que el futuro del fútbol puede ser negro (en el sentido racial de la palabra), pese a que la pretendida explosión del continente africano se venga profetizando desde hace tres décadas. Dijo una vez un ministro sudanés, respecto de los países del mundo desarrollado que “ellos tienen los relojes, pero nosotros tenemos el tiempo”. Si se dedican a aprovecharlo, en vez de intentar fabricar ellos también joyas, aprenderán todos que no siempre se puede satisfacer el gusto por la aventura y la libertad que da el caos. La prudencia y el orden les llevarán a dominar esa pequeña gran parte del mundo que es un balón. Tiempo al tiempo.

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