La ciudad encantada
Valencia es una ciudad dinámica y emprendedora, empeñada en crecer para seguir asomándose al mundo y enseñar a todos sus nobles intenciones y sus bellos atributos. Sus últimos proyectos la han convertido en el escaparate de proa de toda España ante los demás sin perder sus raíces y tradiciones. Todo ese progreso y consenso urbano encuentra su contrapunto en su equipo de fútbol, que parece convertido en el lugar donde se desahogan todas las miserias que nadie ve. Mestalla parece hallarse bajo un embrujo que envuelve a cualquiera que se detiene por allí en una lucha fratricida e interminable, que ha terminado por afectar a sus fieles peregrinos. El Valencia, uno de los templos sagrados del fútbol español, arboleda de ácidas discusiones e inconfesables aspiraciones, Valencia es un poema. Lo decía Bukowski
Un poema es una ciudad llena de calles y cloacas, llena de santos, héroes, pordioseros, locos, llena de banalidad y embriaguez, llena de lluvias, truenos y períodos de ahogos. Un poema es una ciudad en guerra preguntando por qué a un reloj …
Si no supiéramos que Bukowski murió hace años y que entre sus múltiples adicciones no se encontraba el fútbol, pensaría que dedicó este poema al Valencia, más aún cuando anuncia que
la noche está en cualquier lado … mientras los hombrecillos deliran sobre cosas que no pueden hacer
El Valencia parece una ciudad encantada que vuelve locos a todos los que residen en ella y los condena a sacarse los ojos hipnotizados por un dominio que, a lo que se ve, nunca es suficiente.
Pasan los presidentes, los directores deportivos vienen y van y se suceden los entrenadores. Lo mismo da. El espíritu de trinchera permanece.Hay quien piensa que el propio fútbol se ha vengado del equipo desde que consiguió trocar su estilo de siempre. Tradicional adalid del fútbol de ataque, el equipo “che” inició el camino de “perdición” con Ranieri, y Cúper consagró la escalada a la cumbre sin importarle en absoluto el balón. Para entonces, la pelota ya había conjurado su maldición, y Benítez lo aprovechó para armar un equipo diabólico y llenar las vitrinas con títulos extraídos del infierno.
Carboni ha sido la última víctima del maleficio mientras, desde fuera, todos nos preguntamos de qué demonios se quejan los aficionados.
Entre tanta locura, llama la atención un hombre sereno: Silva. Parece el único inmune al hechizo y juega al fútbol con el aire despistado del que prefiere no enterarse de lo que sucede a su alrededor. Se ha cosido a su bota izquierda la pelota para espantar los conjuros y ha aprendido a salir de cada problema un segundo antes de que se complique. Capaz de demostrar que caracolear no es complicarse, sino todo lo contrario, es un soplo de aire fresco en el asfixiante Valencia y en el mediocre fútbol español y la esperanza que aguardaban los valencianistas para agarrarse a la armonía del balón.
Silva se hizo famoso cuando jugaba en el Éibar porque, ante un rival dolorido en el suelo, renunció a marcar un gol a puerta vacía, con lo que ya demostraba en la distancia dos cosas: que se puede ser inteligente sin ir de listillo, y que para ser pícaro no hace falta hacer trampas.
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