Durante los próximos días oirán ustedes de todo: que si el Liverpool fue mejor, que si el Milan no mereció ganar, que si los italianos juegan mal y ganan… Háganme caso: no existe el concepto de “merecer” en este deporte. Al menos, no como lo solemos entender nosotros.
Al igual que en la vida, las cosas que ocurren no son buenas ni malas; simplemente, son. De igual manera, en el fútbol se gana, se pierde o se empata. No se “merece”. Y el Milan es buena prueba de ello; en una temporada en la que estaban desahuciados de la Serie A antes de empezar, con problemas de juego y de resultados, no sólo se planta en la final de una competición tan exigente como la Champions, sino que se permite el lujo de sumársela a sus (repletas) vitrinas.
El primer gol del Milan puede achacarse a la mala suerte: Pirlo bota la falta, e Inzaghi desvía con el pecho, confundiendo a Reina. Todo esto en el minuto 45, sin haber creado peligro ni una sola vez antes. ¿O no es mala suerte? Porque, ¿quién es el único que busca la posición para un posible remate? Inzaghi, sí. ¿Y quién es el que, en el minuto 82, con el Liverpool volcado, busca el desmarque entre cuatro torres reds para que Kaká se la envíe? El mismo Inzaghi.
¿Suerte? ¿Casualidad? En absoluto. Es confiar mucho en la diosa Fortuna el haber eliminado a equipos como el Manchester remontándole la eliminatoria, o habiendo metido dos goles en Old Trafford. Lo que sí es verdad es que el Milan sabe jugar bonito cuando lo necesita, y sabe jugar feo y sacar el partido adelante cuando le hace falta.
El Liverpool no fue fiel a su filosofía. Al menos, no en todo. El equipo de Rafa Benítez se plantó en la final gracias a una disciplina táctica brutal, y con un contraataque absolutamente mortífero. Y sin embargo, en la final se dedicó a ir desde el minuto 1 a por el partido. Loable, sin duda. Pero, como no es un equipo que se sienta cómodo llevando el peso del partido, confundió velocidad con precipitación, y ataque con desequilibrio. Le pasó al Manchester, que tiene infinitamente más fantasía arriba, y ganaron en casa en los instantes finales, con una genialidad de Scholes y de Rooney. Y sin embargo, Benítez, un estratega puro, cayó en el mismo error.
El gol de los de Rafa vino a balón parado, gracias a un tanque como Crouch, y el oportunismo de Kuyt, no por merecimiento futbolístico. Apurando, me viene a la cabeza la ocasión de Gerrard, por un fallo defensivo del Milan. Y no mucho más. Hace dos años, el Liverpool se agarró a la épica para remontar, que es lo que se le da bien. El año pasado, el Barça confió en su fútbol de toque y posesión, y también remontó. El Milan se aferró a una de sus armas, y también salió triunfador ayer. Las ligas no se ganan por suerte, y las Champions, tampoco. Cuando eres fiel a tus ideas, sueles triunfar. El Milan lo fue, el Liverpool, no. ¿En qué lugar queda la suerte?
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1 Comentario
Muy buena crónica, de veras. La subrayo al 100%.
Cuando uno era joven, era un fan acérrimo del fútbol colorista, trenzado, etc. etc. Eso se resumía en que siempre quería que perdiesen los italianos, porque jugaban feo. Sin embargo, a base de jugar al balompié durante muchos años, me di cuenta de que lo verdaderamente difícil y meritorio es matar un partido y enchufar un gol en tu único disparo a puerta. Hacer cuatro paredes al primer toque, tres túneles, y rematarla de magnífico taconazo a las manos del portero lo puede hacer cualquiera(modelo español). Chutar 20 veces desde cualquier sitio a ver si alguna entra también lo hace cualquiera (modelo alemán). Y no digamos de bombear balones al área a ver quién es más alto (modelo inglés). Pero evitar que los demás hagan todo eso, mirárles impávido y caminar cuando todos quieren correr, eso es lo jodido. Mantenerse frio cuando el cuerpo te pide calor. Ahí es donde deslumbran tipos como Pirlo, que va camino de convertirse en el mejor jugador menos espectacular de la historia. Con eso, ya sólo hace falta medio equipo por detrás despejando todo lo que les caiga sin contemplaciones, un solo tio para correr (Kaká) y una mosca cojonera como Inzhagui, que al final es lo que desquicia al equipo contrario.
Mamá, yo de mayor quiero ser italiano.