Cuando las delanteras se imponen a las defensas, el espectador disfruta, y los entrenadores sufren. Así que es de imaginar que Rijkaard y Capello habrán sufrido de manera proporcional a nuestro disfrute de aficionado. Al final, 3-3, y la consagración, si es que la necesitaba, de Lionel Messi entre los grandes jugadores de la actualidad, con un hat-trick esplendoroso.
Los blancos se plantaron en el Camp Nou dispuesto a dar la sorpresa, si se puede considerar sorpresa que el mejor visitante de la Liga gane tres puntos a domicilio. En gran parte, se beneficiaron del extraño gusto que parece haberle encontrado el entrenador blaugrana al 3-5-2: todos queremos ver a los jugones juntos, como Xavi, Iniesta y Deco, pero lo que debería ser un recurso más, parece haberse convertido en la tónica, y eso desconcierta a los jugadores.
Uno de los damnificados es Iniesta, que tiene que cerrar los huecos correspondientes al lateral izquierdo, y otro es Oleguer, que no está acostumbrado a una defensa semejante. Por eso su presencia se limitó a los 45 minutos que transcurrieron hasta su expulsión. Mucho antes de eso, vivimos un partido loco, sin rumbo fijo, en el que el Barça parecía intentar controlar la posesión, y el Madrid buscaba a la contra sus opciones. Y así llegó el primer gol visitante, pronto, a los cinco minutos, tras un despeje de Thuram que caía a los pies de Van Nistelrooy, que ponía de disparo colocado el 0-1 en el luminoso.
El Barça tuvo opciones, pero se encontró con Casillas, como suele ocurrir, aunque en el 11′ se encontraron Eto’o y Messi, y el argentino conseguía la igualada. Y en la siguiente jugada, penalty y primera amarilla para Oleguer. Van Nistelrooy al lanzamiento, y marcador de nuevo en franquía para el equipo blanco. Tras alguna jugada de peligro más, y Casillas ganando protagonismo, Ronaldinho y Eto’o combinaron en el área, Casillas rechazó, y Messi consiguió el 2-2.
Justo antes del descanso, llegó la jugada que cambiaría el partido: Oleguer “cazó” a Gago, y se ganó la segunda amarilla. Con uno menos, Rijkaard quitó a Eto’o para dar entrada a Sylvinho, lo que acabó por minar el ataque del Barça. Messi y Ronaldinho eran una isla, y las contras del Madrid, aprovechando el hueco de la banda de Oleguer, eran letales. Tan sólo un Valdés inspiradísimo mantuvo en el partido al Barça. Al menos, hasta que Sergio Ramos, de poderoso cabezazo, encontró la portería blaugrana para poner un 2-3 que se antojaba definitivo.
El Barça no se rendía: tocaba todo lo posible, pero le faltaba la velocidad del camerunés para sorprender a la poblada defensa madridista. Aún así, Gudjohnsen le daba una nueva opción de gol a los locales, tras peinar un balón colgado al que no llegó Ronaldinho.
Y cuando el resultado parecía definitivo, Ronaldinho mandó un balón para Messi, que irrumpió repleto de osadía y velocidad en el minuto 90 para poner el 3-3 definitivo en el marcador, mantener la distancia con los blancos, y demostrar que nada es imposible cuando se cuenta con la genialidad de unos pocos elegidos que pueden decidir un partido en una jugada. Ronaldinho está entre ellos. Messi, por derecho propio, también.
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