Acabamos de vivir un fin de semana vergonzante en el que el fútbol se ha metido por méritos propios en las crónicas de sucesos. En Sicilia, un policía ha sido asesinado a las puertas de un estadio en medio de unas revueltas criminales y unas imágenes aterradoras. Acaso lo más preocupante no sea que esto pueda llegar a suceder en torno a un partido de fútbol, sino que no constituye un hecho aislado, sino la continuación de una violencia creciente e inflamada de la que algunos avisaban con los ojos preocupados y ahora todos temen con el alma encogida.
Muchas veces hemos comentado que el fútbol es un espejo que nos devuelve la imagen de nuestra sociedad a fragmentos muchas veces distorsionados; no nos confundamos: el espejo no es quien distorsiona, somos todos los que formamos esa sociedad. Por eso, la explicación de que la violencia existe en el mundo y el fútbol no puede escapar a ello no vale en este caso.
En Argentina, las “barras bravas” controlan buena parte de la adjudicación de entradas, extorsionan a los dirigentes e incluso a los jugadores, obligándoles a perder según se perjudique o no a otros criminales rivales; en Palermo, los Warriors organizan batidas para asaltar y linchar a aficionados rivales y policías, dominan su Curva del Renzo Barbera cobrando una tasa a todo el que se decide a ver un partido desde allí y se cree que se financian con el tráfico de drogas; en Holanda y en Alemania, grupos ultras y neonazis tienen prohibido, bajo amenazas, a sus clubes fichar jugadores de raza negra o religión judía, … Y así podríamos seguir durante un buen rato.
Esto no es simple violencia, es crimen organizado, Mafia con mayúsculas que sigue echando raíces en nuestro despreocupado fútbol.
Siempre es recomendable escarbar más allá de un hecho concreto y fijarse tanto en lo que vamos descubriendo como en los restos que quedan en la uña.
Pero además, concretamente en Italia, sigue suspendido el fútbol, y se van a adoptar medidas que irán desde prohibir los viajes organizados hasta decretar la puerta cerrada en algunos campos. Pagan justos por pecadores o, lo que es lo mismo, se aleja a la gente del fútbol.
Como este deporte creció tanto, tras su conversión en fenómeno de masas, desapareció el sentimiento del corazón de los jugadores; las urgencias del resultado inmediato y el pragmatismo social imperante alejaron al fútbol de la pelota. Ahora, la incapacidad de unos y la bajeza moral de otros empiezan a alejarlo de la gente. Este mundo sigue perdiendo contacto con sus bases elementales. ¿A qué estamos jugando?
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