La Selección Española volvió a vencer, tras los últimos tropiezos que habían dejado tocado tanto el ánimo de los aficionados como el crédito de Luis Aragonés. Y lo hizo planteando un partido muy serio, haciendo pocas concesiones al rival, y confiando en los “buenos”, en los que saben jugar a esto del fútbol. Y nada menos que en Old Trafford. En el teatro de los sueños.
Es cierto que Inglaterra, que jugaba como local, salió en tromba los primeros minutos. Pero fue un espejismo. Lampard se veía obligado a bajar muchísimo para entrar en contacto con la pelota; Wright-Phillips siempre recibía al pie, anulando su mejor arma, la velocidad; y Crouch no hacía sino cometer faltas continuas en su lucha por cazar los balones que bombeaba sin piedad el centro del campo inglés.
Poco a poco, España fue creciendo, de la mano de Xavi, que con el transcurso del tiempo iba imponiendo su jerarquía. Balón al suelo, y a circularlo rápido, que es lo que hace daño. Villa caía constantemente a las bandas, sin dejar de ser perseguido un solo momento por Woodgate, ese hombre de cristal que pasó por Madrid, y que ahora parece recuperado para la alta competición. Por el contrario, Silva, volcado en tareas defensivas, estuvo gris. Aún así, en el minuto 17 intervendría en una gran jugada de España: Villa encontró a Silva, que cedió para Morientes, y tras sentar a un defensa, la mandó a las nubes. El balón no entró, pero fue un aviso para Inglaterra, que se quedó con el susto en el cuerpo.
Tanto, que hasta el 38 no fue capaz de inquietar a España. Fue un pase largo de Gerrard en una buena contra, que Crouch cruzaría demasiado. Y así se llegó al descanso, con festival de cambios incluido.
Era de preveer otro rato inicial de agobio, y así fue. El equipo local intentaba morder, pero España no se amilanaba, y a cada ocasión inglesa, contestaba con una propia. En los primeros quince minutos de la segunda parte hubo bastantes más ocasiones que en toda la primera, pero ninguno acertó a marcar.
Hasta que de nuevo, el talento se encontró. Villa peleó ante Woody un balón en la banda izquierda, se deshizo de su marcador y centró al punto de penalty, donde no llegó Silva de cabeza, sino Ferdinand, que la peinó hacia atrás. En esas, llegó por la parte derecha de la frontal un pequeño manchego, Andrés Iniesta, que controló y soltó un zapatazo directo a la escuadra. Primer gol de España, y primer gol del albaceteño con la roja. Pero qué golazo. Sensacional.
El equipo de McClaren, picado en su orgullo, arreció con su ataque, en busca del empate, pero, falto de fútbol, se limitaba a buscar a Crouch por alto, una y otra vez. Pero España, a pesar de la presión local y de los numerosos cambios sufridos (hasta seis), no cedió, y demostró un empaque y un saber estar desconocido en estos últimos tiempos, hasta que el colegiado señaló el final del encuentro, con ese 0-1 que campeó en Manchester.
La Selección pareció tan cambiada como su indumentaria (camiseta roja, calzón blanco y medias azules), y esta vez, fue para mejor. Dinamarca e Islandia esperan, sí, pero esta noche, los sueños volverán a ser dulces para España.
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