foto-deportista-digital-capello.jpgEl fútbol tiene un único fin inmediato: ganar. Los objetivos siempre son agregados, pero nadie puede hacer nada más aparte de jugar partido a partido y tratar de ganarlos. Esta diferencia práctica entre fin y objetivos confunde a muchos, sobre todo en lo que al éxito y al concepto del buen fútbol se refiere. Así que los conformistas, los optimistas y los pragmáticos se conforman en el análisis día a día (o partido a partido), y los soñadores, los románticos y los imperialistas siempre irán más allá y relativizan los resultados puntuales en función de las sensaciones futbolísticas. Todo es cuestión de posicionarse.

Sabedores de esta diferencia, muchos entrenadores prostituyen el lenguaje, haciéndose acreedores de una supuesta etiqueta de ganadores natos. Se les reconoce rápido porque no se les cae de la boca la palabra “ganar” y sólo en contadas ocasiones hablan de fútbol puro. Hay una frase muy común: “A mí me gusta ganar hasta a las canicas”; a éstos Valdano, con su fino ingenio, solía reconocerles que se distinguían claramente de aquéllos a los que les gusta perder a las canicas.

El caso es que, más allá de fines y objetivos, de partidos y proyectos, en la mayoría de casos llevamos el debate a la eterna tensión entre vencer y convencer, cayendo nuevamente en un error. Porque en fútbol sólo se puede vencer sin convencer una batalla; las guerras no entienden de estas discusiones. Y porque se debe tener claro si, además de querer permanecer para siempre en los libros de historia futbolística, se quiere vivir eternamente en el corazón del aficionado, y a éste sólo se le convence de una forma: jugando bien al fútbol.
Volviendo a los entrenadores parlanchines: retorcer las palabras y exprimir las frases para sacar un discurso interesado es relativamente sencillo; pero retorcer las variantes y exprimir un equipo hasta obtener buen fútbol ya es otro cantar

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