Perdidos en ninguna parte
En la Rusia inmediatamente post - soviética, solía contarse la siguiente historieta que en cierto modo caricaturizaba el orgullo y la dirección del comunismo:
La locomotora del ferrocarril soviético avanza a través de los Urales, cuando de repente se detiene, sin motivo aparente. Lenin dice a los que por allí andaban:
-Trabajemos duro, camaradas, codo con codo, y saquemos el tren de este paraje.
Todos se esfuerzan al máximo, y al cabo de cierto tiempo, la locomotora vuelve a andar y todo funciona.
Años después, la escena se repite, esta vez con Stalin como comandante. En un momento dado, la locomotora provoca un chasquido y se detiene. Stalin brama:
-Camaradas, se trata de un sabotaje. El maquinista es un infiltrado estadounidense que trabaja por la destrucción de nuestra patria. ¡Fusílenlo!
El maquinista es fusilado, se consigue reparar la avería y se prosigue la marcha.
Cuando, nuevamente transcurrido cierto tiempo, la situación y el contexto se repiten, es Breznev el responsable. Al confirmar que la locomotora se ha detenido, el dirigente soviético susurra:
-Camaradas, el capitalismo nos acecha. Creen ser más listos que nosotros y que descubriremos nuestra posición. Permanezcamos en silencio hasta que cese la amenaza.
Y, por lo visto, allí deben seguir, en medio de un bosque y en silencio.
La historia recuerda sin duda a la situación y a la forma de gestionar el Athletic. Ese humear de pesquisas en busca de culpables lejos de uno mismo, esos susurros ocultando la toma de decisiones más que personales, las paradas recurrentes de la locomotora del club y las distintas maneras de reaccionar y hacer frente a las averías.
En esa búsqueda histérica de factores desencadenantes se enmascara la pérdida histórica de valores, símbolos, figuras y creencias. Y para un club como éste, que sólo sobrevive gracias a todo eso, ocultarse en la maleza a la espera de que lleguen tiempos mejores o de que sus adversarios cejen en el empeño es para ponerse histérico.
Cuando se acepta como más normal buscar culpables y soluciones en medio de la noche y en la vegetación colindante que en cualquier vagón de uno mismo, la escala de valores en la adopción de decisiones está ya muy deteriorada. Viene a ser como cambiar una huida hacia adelante (siempre temeraria) por otra huida, ésta a ninguna parte.
Del mismo modo que las ratas acostumbran a ser las primeras en tirarse del barco, los que viven aferrados a los más banales ideales o son flojos de espíritu se desengañan los primeros y esperan su ocasión para bajarse del tren. Por eso, lo más conveniente es sellar a conciencia todas las puertas y ventanas, aunar a conciencia esfuerzos y voluntades y buscar a conciencia las averías vagón por vagón, tuerca por tuerca, levantando incluso las alfombrillas. Por lo menos, a nadie le dolerá así la conciencia zurigorri, que es el único de los dolores que puede depender de nosotros. ¡Viajeros al tren!
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Comentarios
Excelente metáfora señor Arbide. Sin duda, demuestra sus amplios conocimientos de historia y supone una prueba más de la evolución que está siguiendo su estilo literario.
Siga por este camino, Don Pedro, no lo deje; tiene un gran futuro en esto.
Un saludo de su amigo,
Jesús Ramírez



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