Otra noche de vergüenza



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Corría el minuto 30 de la segunda parte en el Vicente Calderón, donde se enfrentaban Atlético de Madrid y Sevilla. Un mal despeje de Antonio López caía a los pies de Puerta, y adelantaba al Sevilla en el marcador. El árbitro dudó, puesto que la posición de Saviola, que había disputado el balón, era ilegal, pero al venir de un rechace del contrario, no había objeción posible al gol.
Cuando el Atleti iba a sacar de centro, Palop le entregó una botella de whisky al árbitro: no para agradecerle el gol, que conste, sino porque alguien se la lanzó a él. No era JB, pero el efecto era el mismo.
La lluvia de objetos no cesó, sino que aumentó, y una lata de cerveza impactó en el portero sevillista, que se quejó del golpe. En ese momento, incluso las gradas laterales empezaron a lanzar de todo, lo que obligó a la policía a tomar posiciones, y proteger a jugadores rivales y árbitros de posibles agresiones.
Para Aiza Gámez fue suficiente: todos a la caseta, y partido suspendido. No fue una suspensión definitiva, porque cosa de 40 minutos después el partido se reanudaba.
Es cierto que el ambiente estaba caldeado, puesto que en la primera parte, hasta dos penaltys se le señalaron en contra al Atleti. El primero, inexistente. El segundo, muy claro. Ambos los paró Leo Franco. Aún así, suficiente para que la grada estuviese disgustada.
El disgusto creció con la actitud de ciertos jugadores del Sevilla, como Daniel Alves. El brasileño es un jugadorazo, pero no se puede intentar engañar al árbitro en cada encontronazo. En un choque con Luccin, el francés levantó la pierna excesivamente, pero no tocó a Alves, que cayó “fulminado” quejándose de la cara. Supuso la segunda amarilla, y posterior roja para el atlético.
Tras el parón, una nueva amarilla para el búlgaro Petrov, dejaba al Atlético con nueve, y otra más para Perea, con ocho, lo que imposibilitaba cualquier reacción de los locales. Al final, tres puntos para el Sevilla, y otra imagen penosa para nuestro fútbol.
Quizás el partido debería haberse suspendido definitivamente, como ya pasara en Copa del Rey en el Valencia – Dépor. Porque no podemos seguir considerando estos sucesos como parte de la normalidad. No es el primer partido que el árbitro tiene que detener. Ni el segundo. Ni es el primero en el que un objeto alcanza a uno de los actores del terreno de juego.
Tampoco será el último, puesto que nadie parece coger el toro por los cuernos, y de una vez hacer algo para erradicar este tipo de comportamientos. Conocemos a la afición del Atleti como algo ejemplar, pero en ella también hay descerebrados, como en todas partes. La cuestión es: ¿cuándo haremos algo para librarnos de ellos? Para empezar, el árbitro debería haber suspendido el partido definitivamente. Si no, los burros de turno ya sabrán como tener “tiempos muertos” en el fútbol. Como en el baloncesto, pero a lo bestia. Así nos va.

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