Mourinho…no pudo ser



euforiaculé.jpgAltisonantes declaraciones post-partido. Acusaciones varias, como la de “teatreros”. Amenazas de jugar la vuelta con el equipo B. Lloros, quejas, victimismo. Presión continua al árbitro y a los rivales. Todo vale en esto del fútbol con tal de sacar adelante una eliminatoria, con tal de ganar un partido. Y en este ambiente es donde Mourinho se siente fuerte, importante.
Pero Rijkaard empezó a ganar la batalla antes de los partidos. Sin entrar en provocaciones, hizo uso de toda la experiencia acumulada, de todos los reveses que ha sufrido al frente de este Barça. Y lo cierto es que ha ganado. Por goleada.
Más allá de dos concepciones diametralmente opuestas del fútbol (músculo frente a talento, ataque contra defensa, espectáculo contra resultado), se volvían a ver las caras dos estilos. La verborrea de Mourinho contra la discreción de Rijkaard.
El holandés no sólo ha ganado sobre el campo, ha ganado fuera de él. Mientras Mourinho mordía, Rijkaard curaba. Mientras Mourinho buscaba la polémica, Rijkaard buscaba la cordialidad. Reza el proverbio que más vale callarse y parecer tonto, que abrir la boca y demostrarlo. Y eso le ha pasado al portugués.
Mourinho intentó sacar ventaja fuera del terreno, porque sabía que no podía hacerlo dentro. Salió solo al campo, como había prometido, para que la presión fuese contra él. A “Mou” no le importan los insultos, no le duelen las burlas. Le duele el fútbol. Le duele que le eliminen siendo mejor que él. Le hiere cada ocasión, le desangra cada gol. La eliminación le ha destrozado, sin duda.
El partido fue un calco de la ida: concentración, presión, inteligencia. El Barça, tan serio como en Stamford: el centro del campo, demoledor. La defensa, impecable. El ataque, genial. En esta línea, por cierto, se esperaba la confirmación de Messi, frente a un “ogro” como Gallas. Pero el genio argentino se rompió en un lance fortuito en el minuto 23 (se cree que en 10 días podría estar listo, aunque podría alargarse hasta un mes), y Larsson ocupó su puesto.
La única respuesta del Chelsea venía en forma de pelotazos a Drogba, para que las bajase, o balones largos a Robben o Cole para que corriesen. Pobres argumentos del teórico “mejor técnico del mundo” para remontar un partido cuesta arriba. Lampard con tortícolis viendo el balón sobrepasarle por encima, Ferreira desbordado cada vez que le encaraban, Carvalho abrazando rivales en cada jugada a balón parado. Y todo con la permisividad del impresentable Markus Merk, colegiado del encuentro.
Sin una gran brillantez, pero con las ideas claras, el Barça disponía de más posesión cada vez, y el Chelsea reculaba. El mejor premio para los blues fue llegar 0-0 al descanso. Al Barça le cuesta un poco entrar en las segundas partes, y el Chelsea intentó infructuosamente acercarse a Valdés. El mayor peligro vino tras el cambio de Drogba por Crespo, que a punto estuvo de marcar.
Pero faltaba algo que rematase la fiesta, y apareció como suele hacerlo, en forma de Ronaldinho. Controló en el centro del campo, galopó, destrozó en la frontal las caderas de Carvalho y Terry, que no pudo tumbar al brasileño, y batió a Cech por bajo. 1-0, y la fiesta en la grada. Eto’o pudo hacer mayor el disfrute, pero su balón se estrelló en el palo.
En el descuento, el infame árbitro quiso darle un poco más al Chelsea de lo que ya le había permitido, y primero permitió que Terry controlase un balón en fuera de juego, y cuando Gio se la arrebató limpiamente, pitó penalty. Lampard, infalible, empató el partido. Pero no la eliminatoria, que se la ha llevado el mejor.
Y todo a pesar de las provocaciones, de la dureza rival, de la permisividad arbitral, de la lesión de Messi, de la falta de Xavi… Y de Mourinho, que no ha podido reconocer en ningún momento que este Barça le ha dado una lección: de fútbol y de elegancia. Le queda camino para aprender de ambos temas. Se siente, “Mou”. No pudo ser.

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